
Mientras Silicon Valley insiste en vender futuros optimizados y salvaciones tecnológicas, el escritor argentino Michel Nieva plantea una idea profundamente inquietante: el capitalismo ya no necesita a la humanidad para sostenerse. En obras como Ciencia ficción capitalista y Ficciones gauchopunks, Nieva utiliza la sátira, el horror y la ciencia ficción situada en América Latina para desmontar las utopías tecnológicas contemporáneas.
Cuando el mundo se detuvo, el mercado no
Durante la pandemia, mientras gran parte del planeta entraba en pausa, hubo algo que siguió funcionando sin interrupciones: los mercados financieros. En centros como Nueva York, la compra y venta de acciones continuó de forma automática, gestionada por algoritmos sin intervención humana.
Para Nieva, ese detalle fue revelador. No se trataba solo de una crisis sanitaria, sino de una señal inquietante: el sistema económico parecía perfectamente capaz de operar incluso sin personas. La humanidad comenzaba a verse como una variable secundaria dentro de una maquinaria autónoma.
De esa intuición nace buena parte de su obra ensayística y narrativa: una ciencia ficción que no imagina futuros lejanos, sino que deforma el presente hasta volverlo extraño… y, a la vez, alarmantemente reconocible.
Cuando la ciencia ficción dejó de imaginar alternativas
En su ensayo Ciencia ficción capitalista, publicado por Editorial Anagrama en 2024, Nieva parte de una observación central: el imaginario tecnológico actual se alimenta directamente de la ciencia ficción clásica. Silicon Valley recicla conceptos, estéticas y promesas del género, pero vaciadas de su potencia crítica.
Según Nieva, la ciencia ficción dejó de funcionar como un espacio para pensar otros mundos posibles y pasó a convertirse en una mitología al servicio del capitalismo. Ya no se pregunta qué futuro queremos, sino que presenta uno solo como inevitable: el que dicta la tecnología.
Esta idea dialoga con la célebre frase atribuida a Fredric Jameson, popularizada por Mark Fisher: es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Nieva va incluso más lejos: propone que el capitalismo ya está diseñado para persistir aunque el mundo —o la humanidad— deje de serle funcional.
La pandemia como ensayo general del futuro
En su pensamiento, la experiencia del covid-19 funciona como un experimento involuntario a escala global. El aislamiento, el consumo compulsivo, la vida mediada por pantallas y la automatización extrema evidenciaron hasta qué punto la tecnología organiza no solo la economía, sino también los afectos, los miedos y los deseos.
Mientras las personas acumulaban ansiedad y provisiones, los algoritmos seguían ejecutando órdenes con precisión matemática. Para Nieva, eso dejó en claro que el sistema ya no gira alrededor de los cuerpos humanos, sino que los utiliza como elementos prescindibles.
Esa lógica, llevada al extremo, es el núcleo de su literatura.
Gauchopunk: ciencia ficción desde el sur global
Lejos de los laboratorios pulidos y los discursos mesiánicos del norte global, Nieva sitúa su ciencia ficción en otro territorio. En Ficciones gauchopunks, publicado por Caja Negra Editora, recupera figuras clásicas del imaginario argentino —el gaucho, la pampa, la frontera— y las mezcla con androides, prótesis, residuos tecnológicos y violencia política.
El resultado es un futuro incómodo y deformado, donde la tecnología no aparece como promesa de progreso, sino como una continuación del saqueo, la colonización y la explotación, ahora amplificadas por máquinas y algoritmos.
Sus relatos están poblados por cuerpos intervenidos, identidades artificiales y paisajes aparentemente limpios, pero profundamente corrompidos. Aquí, la tecnología no salva: agrava las heridas existentes.
Contra la figura del salvador tecnológico
Nieva también desarma la narrativa del empresario tecnológico como redentor: el multimillonario que promete salvar al mundo —del colapso climático, de la muerte o del caos social— mediante la innovación.
Para el autor, este relato retoma una figura clásica de la tradición occidental: el patriarca mesiánico. Una historia seductora porque ofrece soluciones simples a problemas complejos, pero que esconde una verdad incómoda: el futuro que propone no es colectivo, sino corporativo.
En este marco, las redes sociales funcionan como nuevos feudos digitales: espacios indispensables para la vida social, pero gobernados por reglas que no controlamos.
¿Qué queda de lo humano en un sistema que no lo necesita?
En el fondo de la obra de Nieva late una pregunta clásica de la ciencia ficción, heredera de Philip K. Dick: ¿qué diferencia realmente a lo humano de lo artificial? ¿Y qué sucede cuando esa distinción deja de importar para el sistema económico?
Sus gauchos robóticos, androides grotescos y paisajes tóxicos no buscan responder esas preguntas, sino volverlas insoportables. Obligar al lector a enfrentarse a un futuro que no promete orden ni redención, sino la continuidad del desastre bajo una capa de innovación.
Frente a la ciencia ficción optimista que vende Silicon Valley, la de Michel Nieva no ofrece utopías. Ofrece algo más incómodo —y quizás más necesario—: la posibilidad de mirar el presente sin anestesia.


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