Dominio Libre
Ciencia Computadoras Emprendimiento IA Programas y Software Tecnología y Hardware

La nueva carrera espacial no es por la Luna: es por el control de la IA en órbita

IA

Durante décadas, la carrera espacial se midió en cohetes, banderas y huellas sobre la superficie lunar. Hoy, el conteo es menos visible, pero mucho más decisivo. La competencia ya no gira en torno a astronautas ni misiones tripuladas, sino a servidores, chips y modelos de inteligencia artificial flotando fuera de la Tierra.

En este nuevo escenario, China, Estados Unidos y las grandes tecnológicas compiten por algo más ambicioso: trasladar centros de datos completos a la órbita. Y todo indica que Pekín ya dejó atrás la fase de promesas y comenzó a desplegar infraestructura real.

Mientras en Occidente abundan los anuncios y los planes a largo plazo, China ya está colocando piezas funcionales de computación espacial. No para telecomunicaciones ni observación, sino para procesar datos, ejecutar modelos de IA y construir lo que podría convertirse en el primer superordenador orbital operativo.

China ya puso en órbita los primeros nodos de su cerebro artificial

En colaboración con Guoxing Aerospace y el Zhejiang Lab, China lanzó recientemente una constelación de doce satélites diseñados específicamente para computación en órbita. No se trata de satélites convencionales: son nodos de cálculo, capaces de analizar datos y ejecutar modelos de inteligencia artificial directamente en el espacio.

Según información publicada por los propios centros de investigación chinos, esta red alcanza una capacidad de cinco petaoperaciones por segundo y puede manejar modelos de hasta 8.000 millones de parámetros. No es una prueba académica ni un experimento aislado: es una plataforma con aplicaciones comerciales activas.

El avance no es improvisado. En 2022, la empresa Zhongke Tiansuan, surgida de la Academia China de Ciencias, ya había puesto en órbita un ordenador espacial equipado con chips de alto rendimiento. Ese sistema lleva más de mil días operando de forma continua, sin mantenimiento y sin intervención humana.

En el espacio, cuando algo falla, no se repara. Se pierde. Y que ese equipo siga funcionando es una señal clara de hacia dónde apunta la estrategia china.

Occidente acelera, pero China ya está desplegando

Del lado occidental, los nombres son conocidos y los proyectos abundan. Elon Musk explora cómo ampliar Starlink más allá de la conectividad satelital. Jeff Bezos, a través de Blue Origin, trabaja desde hace más de un año en su propia versión de centros de datos orbitales. Google, bajo la dirección de Sundar Pichai, impulsa el llamado Proyecto Suncatcher para instalar microracks de computación en satélites.

Incluso startups como Starcloud, con respaldo de NVIDIA, lograron entrenar un modelo de lenguaje en el espacio utilizando una GPU H100, el chip más potente que ha volado fuera de la Tierra.

La diferencia clave es incómoda:

en muchos casos, Occidente está experimentando.

China, en cambio, ya está desplegando.

Y en tecnología, esa distancia suele convertirse rápidamente en ventaja.

Por qué todos quieren llevar la inteligencia artificial fuera del planeta

La motivación no es simbólica ni futurista. Es energética.

La inteligencia artificial se ha convertido en uno de los mayores consumidores de electricidad y agua del mundo. Los centros de datos se multiplican, los modelos crecen y la presión sobre las infraestructuras terrestres aumenta. Refrigerar servidores ya no es solo un problema técnico, sino ambiental, económico y político.

En el espacio, las reglas cambian.

La energía solar es constante.

El vacío facilita la disipación de calor.

No hay competencia por el suelo ni dependencia de redes eléctricas nacionales.

Un centro de datos orbital no compite con ciudades, industrias o agricultura. Flota por encima de todo.

Eso convierte a la órbita en un territorio ideal para la computación intensiva, no solo por eficiencia, sino por autonomía estratégica.

Lo que está en juego no es solo tecnología, sino poder

Tener inteligencia artificial en órbita no significa únicamente ahorrar energía. Significa procesar imágenes satelitales, datos climáticos, información científica o militar sin enviarlos a la Tierra. Menos latencia. Más independencia. Mayor capacidad de respuesta en tiempo real.

Desde una perspectiva geopolítica, el impacto es evidente.

Quien controle la computación en el espacio tendrá ventaja en vigilancia, comunicaciones, defensa y análisis estratégico.

No es casual que esta carrera esté encabezada por China y Estados Unidos.

Tampoco es casual que las grandes tecnológicas estén invirtiendo cifras colosales.

La infraestructura digital del futuro podría no estar en el suelo.

Podría estar orbitando sobre nuestras cabezas.

Un desafío extremo con un objetivo claro

Construir un superordenador espacial no consiste simplemente en subir servidores a un cohete. Los chips deben resistir vibraciones extremas, radiación constante, microgravedad y cambios térmicos violentos. Cada componente tiene que funcionar durante años sin intervención humana.

No hay técnicos.

No hay repuestos.

No hay margen para improvisar.

Aun así, el consenso entre expertos es claro: un superordenador plenamente operativo en órbita es viable. Y podría convertirse en realidad durante la década de 2030.

La nueva carrera espacial ya comenzó… aunque pocos la estén mirando

Durante mucho tiempo, la carrera espacial fue una cuestión de orgullo nacional. Hoy es una cuestión de poder computacional. Y mientras seguimos asociando la inteligencia artificial con pantallas, aplicaciones y centros de datos terrestres, algo mucho más ambicioso comienza a tomar forma sobre nuestras cabezas.

No estaciones espaciales.

No bases lunares.

Sino cerebros artificiales orbitando el planeta.

No para explorar.

No para soñar.

Sino para calcular.

Descubre más desde Dominio Libre

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo