
La inteligencia artificial acapara titulares y debates, pero el cambio más profundo en la historia de la computación podría venir por otro camino. La computación cuántica, durante años confinada a experimentos frágiles de laboratorio, está entrando en una fase decisiva. Los nuevos procesadores de IBM, los avances de Google y Microsoft, junto con una ola global de inversiones, anticipan un futuro donde problemas hoy imposibles podrían resolverse en cuestión de minutos.
No se trata de ordenadores más rápidos. Se trata de otra forma de computar.
No es potencia: es un cambio de paradigma
Los ordenadores clásicos trabajan con bits, unidades que solo pueden valer cero o uno. Las computadoras cuánticas utilizan qubits, capaces de ser cero y uno al mismo tiempo gracias a fenómenos como la superposición y el entrelazamiento.
La diferencia es radical. Como explicaba Anna Stewart, de CNN, un bit es como una moneda cuando ya cayó en cara o cruz. Un qubit es esa moneda mientras gira en el aire, cuando todavía puede ser ambas cosas a la vez. Esa propiedad permite explorar miles de combinaciones simultáneamente, en lugar de una tras otra.
No es acelerar lo que ya existe. Es abordar problemas que ningún ordenador clásico puede manejar, sin importar cuánta potencia tenga.
Los nuevos chips marcan el inicio de la carrera real
Esta semana, IBM presentó dos procesadores que reflejan este salto.
Loon, un chip experimental, busca validar los componentes necesarios para una futura computadora cuántica tolerante a errores.
Nighthawk, por su parte, ya es un chip operativo capaz de ejecutar puertas cuánticas más complejas que las generaciones anteriores.
Estos avances no son demostraciones aisladas. Son piezas concretas de una hoja de ruta que apunta a sistemas cuánticos funcionales y escalables.

Del laboratorio a la industria
Las grandes tecnológicas no están solas. Empresas de sectores tradicionales ya están involucradas en proyectos cuánticos.
BMW y Airbus colaboran con Quantinuum para desarrollar pilas de combustible más eficientes.
En el sector biomédico, compañías como Biogen trabajan con socios tecnológicos para investigar fármacos que requieren simulaciones químicas imposibles para un ordenador clásico.
La razón es simple: un ordenador cuántico puede comparar moléculas complejas, optimizar rutas, analizar nuevos materiales o simular escenarios financieros a una escala hoy inalcanzable.
El gran obstáculo: el error
El futuro cuántico tiene un problema central: los qubits son extremadamente inestables. Vibraciones mínimas, cambios de temperatura o incluso una interferencia luminosa pueden provocar fallos.
Jay Gambetta, director de investigación cuántica de IBM, lo resumió sin rodeos: “Si hago vibrar una mesa, puedo dañar nuestros ordenadores cuánticos”. Por eso, el desafío no es solo aumentar la potencia, sino controlar y corregir errores.
Aquí es donde aparecen estrategias distintas. Microsoft apuesta por su chip Majorana 1, basado en un estado exótico de la materia que promete qubits más estables. Google, en cambio, presentó Willow, un chip que reduce los errores a medida que se añaden más qubits y que ejecuta en minutos cálculos que a un ordenador clásico le llevarían 10 septillones de años.
¿Cuándo llegará el verdadero salto cuántico
No hay consenso.
Investigadores del MIT estiman que aún faltan una o dos décadas.
Consultoras como McKinsey sitúan la primera computadora cuántica tolerante a fallos alrededor de 2035.
IBM cree que podría alcanzarla antes de que termine la década.
Lo que sí parece claro es el impacto. Como afirmó el profesor Sridhar Tayur, “ahora mismo intentamos hacer neurocirugía con una cuchara y un tenedor. La computación cuántica serán las herramientas que realmente necesitamos”.

Un cambio silencioso, pero profundo
El salto cuántico no será inmediato ni visible para el usuario común. Pero cuando llegue, redefinirá industrias enteras. Optimización, química, logística, finanzas, medicina y ciencia de materiales podrían cambiar de forma irreversible.
Mientras la inteligencia artificial sigue evolucionando, en paralelo se está gestando otra revolución, más silenciosa y quizá más radical.
La próxima gran transformación informática no vendrá solo de la IA.
Tal vez ya esté tomando forma, qubit a qubit, en los laboratorios cuánticos del mundo.


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